Hasta ahora, en mis reflexiones sobre el “árbol torcido”, siempre he hablado en singular. Me he enfocado en un solo tronco asediado por el viento, creciendo en solitario. Esto no es casualidad; la introspección requiere aislamiento. Cuando te evalúas, lo haces desde tu propia perspectiva, viéndote a ti mismo en el centro del claro.
Sin embargo, la realidad es que los árboles rara vez crecen aislados.
¿Qué sucede cuando varios árboles torcidos crecen cerca unos de otros?
Soy plenamente consciente de que ningún árbol crecerá perfectamente recto. Si prestas atención a las personas que te rodean, notarás que todos tienen sus propias curvas, cicatrices y ramas torcidas. Algunos tal vez tuvieron una base muy estable durante su niñez y crecieron rectos al principio, hasta que, con el paso de los años, los vientos de la adultez terminaron por doblarlos un poco.
Es aquí donde el concepto de flexibilidad para buscar la luz se vuelve vital. La luz del sol siempre está arriba; la meta instintiva de todo árbol es crecer hacia ella para seguir viviendo. Pero si un grupo de árboles crece con torceduras pronunciadas y ninguno se esfuerza por enderezarse hacia la luz, el resultado es inevitable: con el tiempo, sus ramas terminarán enredándose.
Se enmarañan unos con otros, obstaculizándose mutuamente y creando una cúpula de sombra donde jamás vuelve a entrar la luz. Es la representación cruda de esa vieja frase: las aves del mismo plumaje vuelan juntas. Si te rodeas de personas que han dejado de buscar la luz y se han rendido a su propia torcedura, terminarás atrapado en su misma sombra.
Pero hay un elemento final y silencioso en esta metáfora que no podemos ignorar: el tiempo.
El tiempo es tan imparable como el camino infinito de la vida. Como he mencionado antes, si nos bajamos del camino, inmediatamente comenzamos a retroceder. A lo largo de los años, el tronco de un árbol se va endureciendo más y más. Las cortezas se vuelven gruesas, las estructuras se vuelven rígidas.
Si perdemos de vista el faro, si dejamos de seguir la luz que nos inspira a ser flexibles y alcanzar nuestras metas, terminaremos endureciéndonos en la postura equivocada.
Si no te orientas conscientemente hacia la luz, el implacable paso del tiempo te petrificará en una dirección errónea, dejándote tan torcido y cerca del suelo que, eventualmente, la maleza terminará por cubrirte en la oscuridad.
