En la publicación anterior hablamos sobre el árbol torcido: sobre cómo crecer con carencias y forjarse en solitario moldea una estructura inquebrantable, pero a la vez rígida. Hoy quiero llevar esa idea a un choque directo con una de las preguntas que me hizo una psicóloga cuando intentamos “arreglar” lo que nos pesa.
Hace poco me enfrenté a un ejercicio de introspección, conocido como “la pregunta del milagro”:
Imagina que, mientras duermes, tus problemas se resuelven de la noche a la mañana. Una vez despierto:
- ¿Cómo te darías cuenta de que las cosas mejoraron?
- ¿Qué cambiaría respecto a tus pensamientos, emociones y acciones?
- ¿Qué otros cambios específicos notarían los demás en ti?
Mi respuesta inmediata fue de rechazo; mi lógica se estampó de frente contra la premisa del ejercicio. Al principio pensé que era simple terquedad, pero al analizarlo a fondo, me di cuenta de que mi mente había detectado un fallo estructural en la pregunta: asume que todos somos árboles derechos.
Esta premisa, aunque válida y útil para gran parte de la población, opera bajo el supuesto de que existe un estado base de “normalidad” al que debemos regresar.
Imagina un árbol que creció completamente vertical, en un clima perfecto, hasta que un día alguien le clavó una estaca en el tronco. Esa estaca representa el estrés, las crisis o el enojo. Para ese árbol, el ejercicio del milagro funciona perfecto: si despierta y la estaca desaparece, vuelve a su estado original. Vuelve a ser el árbol intacto que siempre fue y tiene una línea base clara desde la cual responder a esas preguntas.
Pero para quienes nos hicimos a nosotros mismos a base de golpes de realidad, la ecuación simplemente no cuadra.
La anatomía de un árbol torcido no parte de la misma base. Soy el árbol que nació y creció inclinado, el que tuvo que buscar la luz esquivando obstáculos. En este caso, la torcedura no es una molestia externa e invasiva; es el tronco mismo, es la identidad ya formada.
Si me pido imaginar que todo eso desaparece mágicamente, me estoy obligando a visualizar a un árbol que no soy yo. Sería inventar una identidad vacía desde cero. Para una mente lógica y estructurada, simular una realidad que viola las reglas fundamentales de su propia existencia es, simple y sencillamente, una inconsistencia inaceptable.
Evolución, no reemplazo. La respuesta no está en cambiar de identidad. No busco que me talen de raíz para ser reemplazado por un árbol derecho, uno que vive ligero porque jamás ha conocido el peso del tiempo ni la furia del temporal.
El verdadero reto no es borrar el pasado ni fingir que las torceduras no existen. El objetivo real es que este árbol torcido aprenda a apaciguarse, a equilibrar la carga de sus propias ramas y a bajar las revoluciones para no fracturarse bajo el peso de su propia rigidez.
No se trata de cambiar quiénes somos, sino de dejar de gastar tanta energía resistiendo el viento.
