A lo largo de mis escritos, he analizado al “árbol torcido” desde múltiples perspectivas: su lucha contra el viento, su imperiosa necesidad de buscar la luz y cómo el implacable paso del tiempo endurece su tronco. Sin embargo, hay un factor fundamental que a primera vista parece estar ausente, pero que, sin lugar a dudas, sostiene toda la estructura.
Los árboles no solo viven y se nutren de la luz; también necesitan agua, y el agua se absorbe a través de las raíces oscuras, aferradas firmemente a la tierra. Para nosotros, ese alimento, ese soporte vital indispensable, se materializa en forma de la familia.
Aunque no lo mencione explícitamente en todas las reflexiones, la familia, y en especial nuestros hijos, es un potente elemento alimentario vital. Es literalmente el combustible que me anima, y el combustible que me alimenta para continuar buscando esa luz incesante. Y es que, a fin de cuentas, la meta última de todo lo que hago es convertirme en el ancla que les brinde cobijo durante cualquier tempestad.
Pero surge una gran interrogante: ¿Qué ocurre cuando un árbol torcido encuentra finalmente esa luz que tanto buscaba… pero se da cuenta de que inevitablemente sigue creciendo?
¿Es la “luz” realmente una meta definitiva a la que llegamos y donde descansamos, o es, por el contrario, una dirección infinita?
Regresemos a la premisa original: ¿Qué es exactamente la luz? No es un destino estático. La paz total no es el final del recorrido. ¿Qué sería del ser humano si simplemente alcanzara una meta y se quedara inerte en ese punto, sin aspirar a nada más?
Además, es imperativo reconocer que todos estamos inmersos en una vida que es cíclica, conformada por altos y bajos constantes. Yo podría finalmente alcanzar un estado envidiable, sentirme completamente estable, ganar el reconocimiento o ver brillar la luz que siempre soñé… pero ¿qué sucede si, por azares impredecibles, todo colapsa? ¿Y si me despiden de ese trabajo ideal al día siguiente?
Es preciso en ese quiebre temporal en el que el faro entra de nuevo en juego. Debemos regresar a un estado de alerta y seguridad, mirar hacia nuestro faro interior para reenfocarnos e intentar mantener nuestra perspectiva intacta. Como ya he planteado antes en otras misivas, la vida no es un camino en línea recta, sino un camino infinito que posee innumerables bifurcaciones. Nuestro único y más puro deber es enfocarnos en seguir avanzando hacia donde veamos la luz.
Y, respondiendo a una de las cuestiones más reveladoras de esta introspección, ¿en qué momento de este interminable viaje el árbol deja de crecer solo para sí mismo y, con el peso del tiempo, empieza a expandirse para sostener a otros?
La simpleza de la respuesta me desarma: justo en el momento en que brotan los retoños.
No pretendo en lo absoluto minimizar la profunda experiencia de las personas que deciden vivir sin descendencia; quizá para ellos, su forma de aportar al ecosistema y la función de sus frutos sean muy distintas. Pero asimilándolo desde mi trinchera, puedo afirmar que tener hijos transfigura por completo el sentido de tu existencia. De manera casi instantánea, el inquebrantable tronco que pasaba sus días resistiendo la marea, encuentra una nueva motivación radical. Se vuelve fuerte, rocoso y enorme, para poder proteger del mundo a los que apenas crecen a su sombra, recordando siempre una lección clave de vida: ningún retoño merece crecer aplastado bajo la misma roca que te bloqueaba la luz a ti.
