Cuando se tiene disciplina, se lucha por lo que se quiere y siempre se debe avanzar. Existe una falsa creencia de que si dejamos de esforzarnos, simplemente nos quedamos en el mismo lugar. Pero quedarse donde mismo no significa eso: significa retroceder.

Míralo de esta manera: la vida es un camino infinito. Nuestra vida, nuestro tiempo, sigue avanzando inevitablemente a medida que crecemos. Si decidimos detenernos, la vida continúa por el camino; no nos espera. De pronto, ya no estamos en el mismo punto en el que estábamos, la vida nos dejó atrás. Por eso retrocedimos. Siempre hay que seguir avanzando.

A este mundo llegamos sin un propósito, inconscientes de lo que nos rodea. A medida que crecemos, encontramos nuestro significado y trazamos nuestras metas. Sin embargo, hay un error en pensar que el éxito es simplemente cruzar una línea final. Si cumples una meta, ¿qué harás el resto de tu vida? ¿Tu significado es solo llegar a un punto y ya?

No. La vida es una lucha constante que no tiene final. Siempre hay que estar enfocados en nuevos objetivos y tener un propósito claro. Cuando ya no estemos, la vida de todos modos continuará, por eso digo que es un camino infinito que recorremos, y si decidimos detenernos, la cinta sigue girando sin nosotros.

Para soportar este recorrido, es necesario complementarnos a nosotros mismos. El esfuerzo no es solo intelectual, es físico. Una mente fuerte no puede existir en un cuerpo débil, y viceversa. Se requiere integrar el estudio y los proyectos con el ejercicio físico, usándolos para retroalimentar el pensamiento.

Debemos continuar pese a lo que pueda pasar. El propósito no es el destino, es el combustible para no dejar que el tiempo nos deje atrás.